
Eran poco más de las ocho de la mañana de un domingo de hace unos seis meses cuando sucedió. Estábamos en pleno ensayo antes del servicio, intentando coordinar un coro sencillo, y justo cuando el rasgueo se ponía un poco más intenso, mi mano derecha hizo un movimiento torpe y, de pronto, el silencio. Bueno, no silencio total, sino ese sonido que todo principiante teme: el sonido hueco y plástico 'clac-clac' de la púa rebotando dentro de la madera de mi guitarra acústica barata.
La mañana que la púa decidió mudarse dentro de mi guitarra
Me quedé ahí, con la mano en el aire, sintiéndome como un tonto frente al resto del grupo. No es solo que se te caiga la púa; es la humillación de tener que interrumpir a todos para intentar recuperarla. Me vi obligado a hacer lo que más odio: tratar de pescar la púa sacudiendo la guitarra boca abajo frente a mis compañeros, sintiéndome como un niño con una alcancía, esperando que la gravedad hiciera el trabajo que mi falta de técnica no pudo hacer.
Ese momento me hizo entender que, para nosotros los que empezamos tarde, el problema no es solo aprenderse los acordes de memoria. El problema es la conexión física con el instrumento. La púa parece tener vida propia; si la aprietas mucho, el rasgueo suena como si estuvieras golpeando una caja de cartón con un palo. Si la sueltas un poco, sale disparada hacia el fondo de la caja de resonancia. Es una lucha constante entre el miedo y la fuerza que nadie te explica cuando compras tu primera guitarra de 6 cuerdas.

Por qué apretamos la púa como si nos debiera dinero
Durante los ensayos de marzo, me di cuenta de que mi mayor enemigo era el llamado 'agarre de muerte'. Como me daba pánico que la púa se moviera, la apretaba con tanta fuerza que mis dedos terminaban blancos. El resultado era un sonido tosco, sin ninguna gracia, que opacaba las voces de los demás. Me recordaba a cuando me dolían los dedos al tocar por primera vez; esa tensión que se te sube por el brazo y te deja el hombro tieso antes de terminar la primera canción.
Lo que pasa es que, cuando uno es adulto y tiene las manos ya acostumbradas al trabajo o al teclado de la oficina, la sutileza no viene de forma natural. Queremos controlar la púa como controlamos un martillo o una pluma, y la guitarra acústica no funciona así. Si la púa no tiene un poco de 'juego', el roce con las cuerdas es demasiado violento. Pero claro, decirle a alguien que apenas está aprendiendo que 'suelte la mano' es como decirle a alguien que se está ahogando que se relaje.
Pasé muchas noches en la sala, ya con los niños dormidos y la casa en silencio, simplemente pasando la púa por las cuerdas de arriba abajo. Notaba cómo, en cuanto empezaba a sudar un poco por los nervios de no equivocarme, la superficie lisa de la púa se convertía en una pista de hielo. Ahí fue cuando decidí que necesitaba algo mejor que la púa genérica que me regalaron en la tienda de instrumentos del centro.
El experimento de los grosores: de los 0.46 mm a la rigidez total
Un par de semanas después de empezar a tomarme esto en serio, me fui a una tienda en Querétaro y compré un paquete variado. No sabía que había tanta ciencia detrás. Empecé probando una púa media de 0.71 mm, que es lo que mucha gente recomienda como estándar. Para mi mano torpe de principiante, aquello era como intentar rasguear con una moneda. La púa no cedía ante las cuerdas, lo que hacía que cada golpe fuera un choque de fuerzas donde siempre perdía mi ritmo.
Luego bajé al extremo opuesto: una púa delgada (Thin o Light) de 0.46 mm. La diferencia fue inmediata. Al ser tan flexible, la púa perdona mucho más los errores de ángulo. Si entras muy profundo en las cuerdas, la púa simplemente se dobla y pasa, en lugar de trabarse y salir volando. Fue un alivio. De repente, mis rasgueos empezaron a sonar un poco más fluidos, menos agresivos. Sentí que por fin podía acompañar una canción sin que pareciera que estaba peleando con la guitarra.

El material y el mito del celuloide
Pero el grosor no lo era todo. Descubrí que el material cambia por completo la sensación de seguridad. Las púas de celuloide, esas que suelen tener colores brillantes o patrones de tortuga, son muy bonitas pero se vuelven increíblemente resbaladizas con la mínima humedad. En cambio, empecé a leer sobre el nylon. Las púas de este material suelen ser un poco más opacas y, lo más importante, muchas traen un relieve en el centro.
Ese pequeño relieve, a veces es solo el logo de la marca en letras realzadas, hace toda la diferencia del mundo. Es como tener una lija suave entre los dedos. Un domingo por la tarde, practicando un canto que me costaba mucho, me di cuenta de que ya no estaba pensando en sujetar la púa. Simplemente estaba ahí, anclada a mi pulgar e índice por la pura textura del material. Fue la primera vez que sentí que mi atención podía irse por fin a la mano izquierda, a esos cambios de acordes que todavía me hacen dudar.
Mi conclusión: La mejor púa no es la que usan los profesionales
A veces nos dejamos llevar por lo que vemos en videos de gente que toca increíble, usando púas gruesas de 1.0 mm o más para tener 'más ataque'. Pero para nosotros, los que solo queremos que la guitarra suene decente en la iglesia o en una reunión familiar, la prioridad es la confianza. Después de probar de todo, me quedo con una púa delgada, de unos 0.46 mm, pero que tenga una textura rugosa o, mejor aún, un pequeño agujero o hendidura en el centro.
Ese es el truco que más me ha servido: buscar púas que tengan un patrón de agarre tipo diamante o incluso hacerles yo mismo unas pequeñas muescas con una navaja si son muy lisas. Al final, la mejor púa es la que te permite olvidarte de ella. Si estás todo el tiempo pensando en que se te va a caer, nunca vas a poder relajarte lo suficiente para que el ritmo fluya. Y créanme, nada rompe más el espíritu de una alabanza que el sonido de un pedazo de plástico bailando dentro de la caja de resonancia.

Todavía me falta mucho camino. Sigo practicando esos cambios de Do a Sol que a veces se me atraviesan, y a veces me apoyo en lo que aprendí en mi opinión del curso de guitarra cristiana para principiantes desde cero para no perder el norte. Pero al menos ahora, cuando me subo a tocar, ya no tengo ese miedo constante de quedarme solo con los dedos en medio de un coro. He aprendido que en la guitarra, como en la vida a los cuarenta, a veces hay que ser un poco más flexible para no romperse... o para que no se nos escape la púa entre las manos.