
Cuatro Hertz de diferencia bastan para que una cuerda que sonaba perfecta hace apenas tres días te haga quedar mal a media alabanza, una diferencia que casi nadie más en la sala nota, menos yo, con esta guitarra acústica barata sobre las piernas como quien carga algo prestado que todavía no aprende a sostener bien. Llevo un buen rato de principiante adulto tratando de que mis seis cuerdas se pongan de acuerdo antes de que arranque cualquier canción de iglesia, y todavía no doy con la fórmula que me quite ese nudo en el estómago cuando alguien más espera a que yo termine de afinar.
Aquel domingo por la mañana lo recuerdo bien, aunque ya pasaron varias semanas. Saqué la guitarra de la funda confiado, porque la había afinado la noche anterior en casa, sin contar con que el aire seco de Querétaro y el cambio de temperatura iban a hacer de las suyas. Cuando intenté acompañar el primer canto, mi guitarra no sonaba a alabanza, sonaba a lamento, y tuve que afinar a las carreras con la gente ya sentada esperando.
Afinar con aplicación o al oído
Al principio me refugié por completo en el teléfono, porque no confiaba nada en lo que mis oídos me decían. La aplicación es una maravilla técnica, te marca si estás alto o bajo con una aguja digital que se mueve con una precisión que intimida, pero esa misma mañana, con el murmullo de la gente y los niños corriendo por los pasillos, el micrófono captaba todo menos la nota de mi cuerda. Me quedé ahí, sudando un poco, viendo cómo la pantalla me decía primero que faltaba y luego que me había pasado.

La afinación estándar de la guitarra acústica, de la cuerda más gruesa a la más delgada, va en el orden Mi-La-Re-Sol-Si-Mi, y para un principiante basta con abrir un afinador cromático al empezar cada sesión, no hace falta nada más sofisticado. El problema es cuando la batería se agota justo antes de un ensayo, y ahí es donde entra Arcelia, la vecina que vive dos casas más allá de la mía: ella siempre trae su afinador de clip guardado en el bolso, y ya van varias veces que me lo presta cuando el mío se queda sin carga a medio ensayo.
El truco del quinto traste
Fue un compañero del grupo de música, alguien que lleva años tocando, quien me vio batallar con el celular una noche y se acercó a enseñarme el método de afinación relativa, el que usa el quinto traste como referencia. La lógica es sencilla: si pisas la sexta cuerda en el traste cinco, debería sonar igual que la quinta cuerda al aire, y así te vas cuerda por cuerda, con la única excepción de la cuerda Sol, que se pisa en el traste cuatro para afinar la cuerda Si.

Ese método te obliga a escuchar de verdad, no a mirar una aguja. Cuando dos cuerdas no están afinadas entre sí se escucha un batido, un vaivén en el sonido que desaparece en el momento en que las notas se alinean, y aprender a distinguir ese vaivén me ha servido para algo más que afinar. También me ayuda, aunque sea un poco, a notar cuándo me estoy quedando corto en el cambio de un acorde a otro, ese hueco de silencio entre que sé la forma y logro plantarla a tiempo, que sigue siendo mi batalla más terca.
Cuando el clima de Querétaro desafina la guitarra
Una tarde calurosa de mayo, sentado en una banca del Jardín Zenea mientras esperaba a alguien, saqué la guitarra para matar el tiempo y me di cuenta de que el sol que le había estado dando durante el trayecto la había desafinado por completo. La madera reacciona a todo, al calor, a la humedad, al aire seco del Bajío, y cargar el instrumento de un lado a otro sin funda casi garantiza que vas a tener que afinar de nuevo antes de tocar la primera nota.

Si notas que una cuerda no solo suena mal sino que parece vibrar contra los trastes, capaz que el problema ya no es solo la afinación, y por ahí escribí algo sobre por qué trastea la guitarra acústica y cómo corregir ese sonido metálico, que aprendí a fuerza de tropezones mientras trataba de que mi acústica barata no sonara tan barata. Y ya que hablamos de tropezones, hay que aflojar la clavija antes de apretar cuando una cuerda está muy alta, porque forzarla de golpe sin soltarla primero es la manera más rápida de reventarla.
Afinar de oído, un ejercicio de paciencia
A mis cuarenta y tantos ya asumí que no tengo prisa, y que no voy a ser virtuoso, pero quiero que lo poco que toque suene honesto. Al principio no distinguía nada, todo me sonaba igual de desafinado, y en esas primeras semanas también probé presionar las cuerdas con la yema del dedo en lugar de la punta, lo que solo lograba tapar las cuerdas vecinas y apagar el acorde entero. Después de una sesión larga todavía siento ese pinchazo característico en las yemas, y si estás empezando como yo sabrás de lo que hablo. Por eso, cuando duele de más, prefiero volver a leer lo que ya anoté sobre qué hacer cuando duelen los dedos al tocar la guitarra por primera vez antes de forzar la mano un día más de la cuenta.
Cándida, una compañera de la oficina que se enteró de este cuaderno por accidente el día que abrí el portátil en el comedor de la empresa, ahora me manda videos de canciones sencillas que ella jura que puedo aprender, y asegura, con una convicción que no le discuto, que canta bastante bien en la regadera. Todavía no me meto con los acordes de cejilla, ese capítulo lo dejo para más adelante, y tampoco intento cantar mientras rasgueo, porque coordinar las dos cosas a la vez me parece, por ahora, un lujo que no me puedo permitir. El patrón de rasgueo lo sigo trabajando aparte, despacio, y saber si una canción del coro ya está lista para tocarla en público es otra pregunta que todavía respondo más por instinto que por certeza.
Cerrando cada noche con el mismo ritual
Para la quinta semana de estar en esto, una noche que solo repasaba el cambio de Do a Sol y de vuelta a Do, pasó algo que no esperaba: mi hijo, que llevaba rato con la tele encendida al fondo del pasillo, la apagó sin que nadie se lo pidiera y se quedó ahí, escuchando, mientras la casa entera se quedaba en ese silencio de casa dormida que normalmente solo rompe el zumbido lejano de algún coche en la avenida. No dije nada, seguí tocando el mismo cambio una y otra vez, pero algo en mi pecho se aflojó un poco esa noche.

Ahora mi rutina antes de la primera nota es siempre la misma: primero intento afinar de oído, escucho la relación entre las seis cuerdas durante un par de minutos, y solo después abro la aplicación para confirmar, más por costumbre que por desconfianza. Lo que me llevo de todas estas noches no es una técnica ni un truco, es algo más simple: que afinar bien no es el trámite antes de tocar, es la primera prueba de que de verdad estoy escuchando, y esa costumbre de escuchar antes de tocar es lo único que de verdad le puedo enseñar a alguien que apenas empieza.