
El meñique se dobla hacia adentro otra vez, justo cuando los otros tres dedos ya estaban en su lugar para el acorde de Sol, y la mano entera se deshace como si no hubiera aprendido nada en toda la semana. Rasgueo de todos modos, y el golpe seco de la uña de plástico contra las cuerdas nuevas me toma por sorpresa, como le pasa a cualquier principiante adulto que recién empieza. La guitarra acústica barata, la misma que casi siempre cuelga del gancho junto a la puerta, ahora pesa distinto apoyada en mi pierna, bajo la única luz que sigue encendida en la casa a esta hora.
Por transparencia debo decirlo de una vez: algunos de los enlaces que dejo aquí son de afiliado, y si compras algo por ellos yo recibo una comisión sin que a ti te cueste nada extra. Solo menciono lo que de verdad me sirvió esas noches, como el curso de Guitarra para Principiantes con Musica Cristiana que fue el que me acompañó desde el primer acorde torcido. Más abajo explico por qué.
Llevo ya dos años siendo uno más de tantos principiantes adultos que se metieron a la música cristiana por necesidad del coro y no por vocación de guitarrista, y cada tanto alguien me escribe preguntando lo mismo sobre esos primeros días. En vez de contar otra vez la semana entera como bitácora, prefiero responder aquí lo que de verdad se quiere saber.
¿Qué fue lo primero que no funcionó?
Los videos de YouTube. Me metí a los primeros que encontré pensando que me iban a llevar de la mano, pero todos daban por hecho que uno ya sabe leer una tablatura o al menos una partitura sencilla, y yo no tenía idea de qué significaban esos números sobre las líneas. Perdí más de una noche pausando y rebobinando sin entender si el dedo iba en la cuerda gruesa o en la delgada. Terminé cerrando la laptop más confundido que cuando la abrí, y ahí entendí que necesitaba algo pensado para alguien que empieza de cero de verdad, no para alguien que ya toca otro instrumento.
Las yemas rojas de la primera semana
Duele, y duele más de lo que cualquiera te advierte antes de empezar. A los veinte años la piel de los dedos se acostumbra rápido a la presión de las cuerdas; a los 45 tarda más en curtirse, y esa espera es la parte que nadie te cuenta cuando te regalan una guitarra. Cada noche dejaba la práctica con un surco marcado en el índice y el anular, y a la mañana siguiente todavía se sentía sensible al tocar cualquier cosa, la taza de café, el volante del carro. No dejé de practicar por eso, pero sí acorté varias sesiones esa semana, porque forzar una yema que ya está resentida solo atrasa la siguiente noche.

¿Guitarra desafinada o dedos torpes?
Esa duda me persiguió más de una noche. Armaba el acorde de Do siguiendo el diagrama al pie de la letra y aun así sonaba raro, y no sabía si el problema era mi mano o si la frecuencia de afinación de la guitarra se había corrido con el calor de la tarde. Pasé una hora entera cambiando de dedos y revisando el diagrama otra vez antes de darme cuenta de que ni siquiera había vuelto a afinar desde el día anterior. La guitarra sonaba mal porque estaba mal, no porque yo lo estuviera armando mal, y esa mezcla de dudas es la que más desanima cuando apenas empiezas: no sabes a cuál de los dos culpar.
El acorde de Sol que no quería sonar limpio
El de Sol fue el que más trabajo me costó esa semana. Acomodaba los tres dedos, rasgueaba, y en vez de un acorde completo salía un golpe seco, como si la palma tapara una cuerda que no debía tocar. Probé mover la muñeca, alejar la mano del cuerpo de la guitarra, apretar más fuerte y después apretar menos, cambiando algo distinto en cada intento sin ningún orden, solo a ciegas. Ese zumbido metálico del Sol fue lo primero que aprendí a distinguir esa semana, y durante varios días no supe si el problema era la guitarra barata o mis propios dedos. Esa noche en particular no lo resolví, guardé el instrumento con el acorde todavía sonando a medias y me fui a dormir con la sensación de no haber avanzado nada.
Cuando cambiar de Do a Sol frena toda la canción
Sabía los dos acordes por separado, pero pasar de uno a otro sin que la canción se detuviera era un problema completamente distinto. Esa primera semana la transición de Do a Sol me tomaba tanto que perdía el compás entero, y cualquiera que estuviera cantando conmigo se hubiera quedado esperando a mitad de la frase. Timoteo Villaseñor, que dirige el coro, es paciente con los que apenas empezamos pero no perdona que el tiempo se rompa, y una tarde de ensayo me lo dijo sin rodeos: prefiere un acorde a medio formar que caiga a tiempo, antes que uno perfecto que llegue tarde. Esa frase se me quedó grabada más que cualquier diagrama. Una noche de esa misma semana, repitiendo Do-Sol-Do sin parar en la sala, mi hijo bajó solo el volumen de la televisión para escuchar mejor, sin que nadie se lo pidiera, y esa fue la primera vez que sentí que algo ahí sonaba a canción y no solo a ejercicio.

El meñique que no obedece
De todos los dedos, el meñique fue el que se negó a cooperar. Los otros tres se acomodan más o menos donde uno los pone, pero el meñique se dobla hacia adentro por su cuenta, como si tuviera otros planes, y cuando por fin logro estirarlo hacia la cuerda que necesito, arrastra al anular con él. Intenté ejercicios sueltos, apoyar la mano en la mesa y mover solo ese dedo mientras los demás quedaban quietos, y durante varios días no vi ninguna mejora, solo un dedo cansado y terco. Ni pensar todavía en acordes con cejilla, esos que exigen que un dedo haga el trabajo de cuatro a la vez; con el meñique en ese estado, eso quedaba en otra vida. Un dedo torpe no se arregla a fuerza de repetirlo enojado, se arregla dándole al meñique su propio ejercicio, aparte de los acordes completos, hasta que entiende cuál es su trabajo.
¿Ya se puede tocar algo completo con rasgueo básico en la iglesia?
Esa primera semana, ni cerca. Un rasgueo básico que se sostenga toda una canción sin caerse necesita que los cambios de acorde ya no ocupen toda tu atención, y ahí yo todavía estaba muy lejos. El curso de Guitarra para Principiantes con Musica Cristiana me sirvió justo en ese tramo porque en vez de ponerme a repetir escalas sin sentido, me llevó directo a intentar canciones que ya me sabía de memoria por haberlas cantado tantos domingos, y eso hizo que el esfuerzo se sintiera menos inútil. Saber si una canción ya está lista para tocarse frente al coro es otra pregunta aparte, con su propia respuesta, y cantar mientras se toca al mismo tiempo es todavía otra historia que ni siquiera había intentado esa semana. Por ahora sigo guardando en la mira algo como Guitarra Master, para el día en que cambiar de acorde deje de robarme tres segundos de silencio cada vez.

Lo que le respondo a quien me escribe con las mismas dudas
Plutarco Navarro es de los que más se repite en los comentarios. Dejó uno larguísimo en la primera entrada de este blog contando que tenía exactamente los mismos problemas con los dedos, y desde entonces escribe cada vez que sale una publicación nueva. Anda por los cuarenta y tantos también, empezando de cero igual que yo empecé, y lo que le contesto siempre es lo mismo que me digo a mí cuando la sesión sale mal: el objetivo de esa primera semana nunca fue sonar bien, era simplemente terminar la semana sin haber guardado la guitarra en su funda para siempre. Lo demás, la limpieza en el Sol, el meñique obediente, el rasgueo que se sostiene solo, llega después, repartido en semanas que ya ni cuento. Si estás empezando y las yemas te arden, el curso de Guitarra para Principiantes con Musica Cristiana es el que yo recomendaría para no perderte en videos que dan por hecho cosas que un principiante de verdad no sabe. Nadie te va a devolver los años que no empezaste antes, pero eso ya no es lo que importa cuando por fin sale un acorde limpio en una casa que a esa hora ya está en silencio.