
Doce semanas. Ese fue el tiempo que pasó entre el primer acorde de Sol que sonaba a lata vieja y la primera vez que toqué una canción completa de música de iglesia sin frenar a media estrofa. Llevo casi dos años metido en esto de la guitarra cristiana, empezando de cero pasados los cuarenta, y esa semana doce sigue siendo la que más recuerdo cuando algún otro principiante adulto me pregunta cómo aprendí los acordes básicos para acompañar en el grupo de oración.
Antes de seguir, una aclaración rápida: algunos de los enlaces que vas a encontrar en esta bitácora son de afiliado. Si en algún momento decides comprar un curso a través de ellos, a mí me llega una comisión pequeña que ayuda con cuerdas nuevas, y a ti no te cuesta ni un peso extra. Solo hablo de lo que yo mismo he probado en estas noches de práctica solitaria, nada que no haya tocado con mis propias manos torpes.

Empezar sin saber ni agarrar la púa
Al principio busqué ayuda donde busca cualquiera: en videos de YouTube. El problema es que casi todos daban por hecho que yo ya sabía leer una tablatura, que esos números sobre líneas eran para mí tan claros como el abecedario. No lo eran. Repetía el mismo tutorial tres o cuatro veces sin entender por qué mi mano izquierda no hacía lo que la pantalla mostraba, y terminaba más frustrado que cuando empecé la noche.
Fue así como di con la guía de Guitarra para Principiantes con Musica Cristiana, pensada para alguien que arranca de cero con canciones sencillas de iglesia y no con solos veloces. Tiene una valoración de 4.3 entre quienes ya la usaron, y a mí me sirvió sobre todo para dejar de saltar de video en video sin ningún orden.
Las yemas adoloridas fueron otra parte del proceso esas primeras semanas, algo que ya conté con calma en otra entrada de este blog. Si te está pasando lo mismo, ahí tienes algunos ejercicios para fortalecer los dedos que a mí me funcionaron cuando sentía que las cuerdas eran cuchillos.

Lo que me costó no fue aprender los acordes básicos, fue cambiarlos a tiempo
Antes de cualquier práctica me tomaba unos minutos afinar de oído, algo que al principio me daba pánico y con el tiempo dejó de importarme tanto, aunque esa es otra historia que no voy a meter aquí. El verdadero obstáculo nunca fue memorizar dónde iba cada dedo, sino lograr que el cambio de un acorde a otro no rompiera el ritmo de la canción, ese hueco de medio segundo que se siente eterno cuando alguien más te está escuchando.
Hubo noches en que el Sol sonaba a metal muerto, ese zumbido seco que avisa que un dedo está tocando donde no debe, y aprender a corregirlo de raíz es tema para otra entrada. El acorde de Fa con cejilla seguía siendo mi némesis esas semanas; si te está pasando lo mismo, ya escribí por separado sobre acorde de Fa en la guitarra sin usar la cejilla, que a mí me quitó bastante presión de encima.
Tres acordes y un orden que sí funcionaba
Ahí fue cuando cambié de estrategia. Dejé las canciones de adoración contemporánea con puentes llenos de acordes menores y cambios que mi mano derecha no alcanzaba a seguir, y me concentré en Sol, Do, Re y, de vez en cuando, Mi menor. Con eso ya tenía la llave para abrir buena parte del cancionero de la iglesia, sobre todo los coros más antiguos, que tienen una estructura predecible y amable con alguien que todavía busca dónde poner el dedo índice.
Los patrones de rasgueo básicos los fui sacando de oído, sin meterme todavía en la teoría de para dónde sube o baja la púa; ese tema es harina de otro costal. Tampoco tengo un método claro para saber cuándo una canción ya está lista para tocarse frente al grupo, más allá de que a mí ya no se me traba: eso lo aprendí a puro ensayo, no en ningún manual. La guía de Guitarra para Principiantes con Musica Cristiana me ayudó a encontrar ese orden lógico, sin escalas que no necesitaba para simplemente acompañar.
Hace poco un conocido del grupo de guitarra para adultos en Facebook, Plutarco Navarro, me escribió diciendo que todavía no logra pasar de Do a Sol sin detenerse un instante. Le respondí lo mismo que me digo yo cuando me atoro: que ese segundo de pausa se va acortando solo, semana tras semana, aunque uno no lo sienta mientras está pasando.
El domingo en que la canción ya no se cortó a la mitad
Fue un domingo cualquiera, practicando temprano antes de que el resto de la casa despertara, cuando toqué 'Cuán Grande es Él' de principio a fin sin frenar ni una vez, ni por el dolor en los dedos ni por olvidar dónde iba el siguiente cambio. Esa fue la semana doce, la que tengo marcada como la primera vez que sentí que no estaba fingiendo tocar guitarra.
Puse el capotraste en el segundo traste para que me quedara más cómodo el tono, aunque de para qué sirve el capo en la guitarra ya hablé con calma en otra entrada. No sonó perfecto, un par de cuerdas zumbaron a media estrofa, pero el pulso se mantuvo. Mi esposa se asomó y me dijo: "esa ya se reconoce". No suena a mucho, lo sé, pero para mí bastó.

¿Qué tan listo hay que estar para tocar en el grupo de oración?
Hace poco llevé la guitarra a una reunión pequeña del grupo de oración en el Barrio de La Cruz, donde nos juntamos entre semana. No fui el guitarrista principal ni cerca; me senté a un lado y acompañé con rasgueos suaves, cuidando no tapar las voces. Timoteo, el director del coro, prefiere los cantos tradicionales antes que la alabanza contemporánea, así que buena parte de lo que ya sé tocar cabe bien en ese gusto suyo: pocos acordes, ritmo estable, nada de puentes complicados.
Cantar y rasguear al mismo tiempo todavía se me traba de repente; coordinar la voz con la mano derecha resultó ser su propio aprendizaje aparte, uno que no he resuelto del todo. Mantener el tempo sin acelerarme cuando los nervios entran es otro asunto que sigo puliendo, y ahí un metrónomo ayuda más de lo que yo quería admitir al principio.
Ordenar los pocos minutos libres que tengo cada noche para practicar resultó ser casi tan importante como lo que practico, aunque ese tema merece su propia entrada. Para quien quiera una ruta más larga después de los acordes básicos, el curso de Guitarra Master es otro que he usado, pensado para ir avanzando canción por canción sin apurarse.
La lección que me llevo de estas doce semanas no es que haya que sonar bien para servir en la iglesia. Es que hay que estar dispuesto a tocar mal en público un rato antes de tocar decente. Si apenas estás empezando, no esperes salir sonando limpio desde la primera vez: sigue llevando la guitarra a los ensayos, semana tras semana, y el sonido va a ir cambiando solo, aunque tú casi no lo notes mientras pasa.