Rasgueo Diario

Cómo mejorar la postura al tocar la guitarra para evitar dolores de espalda

Fue una noche de marzo, de esas donde el aire de Querétaro todavía cala un poco al anochecer. Estaba sentado en la orilla de la cama, intentando seguir el ritmo de un himno sencillo para el coro de la iglesia, cuando sentí ese pinchazo. Un dolor sordo, justo entre los omóplatos, que se extendía hacia el cuello. No era la primera vez, pero sí la más fuerte. Solté la guitarra, me froté la espalda y me quedé mirando el instrumento apoyado en la pared. ¿Cómo algo tan liviano podía pesarme tanto en el cuerpo?

Empezar a tocar a los cuarenta tiene sus bemoles. Uno ya no tiene la elasticidad de los veinte, y el cuerpo no perdona las malas posturas. Mi vieja guitarra acústica, una tipo dreadnought que compré de segunda mano, se siente más voluminosa de lo que recordaba en la tienda. Tiene una profundidad típica de unos 12 cm en la parte más ancha del cuerpo, y esa distancia, aunque parece poca, obliga a mi hombro derecho a levantarse de una forma que, después de veinte minutos, se vuelve insoportable.

La trampa de la columna en forma de C

Hacia finales de febrero, me di cuenta de mi error más grave: me encorvaba sobre el mástil. Como todavía no confío en mis dedos, necesito ver dónde piso. El problema es que para mirar el diapasón, doblo la espalda creando una forma de 'C' con la columna vertebral que me dejaba literalmente sin aire a mitad del rasgueo. Es una postura defensiva, casi como si estuviera protegiendo la guitarra, pero lo único que lograba era comprimir mis pulmones y tensar los músculos del cuello.

Primer plano de una mano de principiante presionando cuerdas en el mástil de una guitarra acústica.

Incluso con la longitud de escala estándar de 648 mm, que es lo que mide el mástil de mi guitarra, el estiramiento para alcanzar los primeros trastes —donde viven mis sufridos Fa y Do— se siente como una maratón para el brazo izquierdo si la espalda no está en su sitio. Me pasaba que, al intentar que las cuerdas no trastearan, apretaba tanto los dientes que terminaba con dolor de mandíbula. Es curioso cómo la tensión viaja por el cuerpo; empieza en un dedo que no llega a tiempo y termina en la base del cráneo.

A veces, cuando los niños ya se durmieron y la casa se queda en ese silencio profundo, me siento a practicar y me sorprendo a mí mismo con los hombros pegados a las orejas. Es una lucha constante por bajar la guardia. Me he dado cuenta de que, si no organizo mi espacio, la sesión de práctica termina antes de tiempo por el cansancio físico, no por falta de ganas. Para los que andamos cortos de horas, aprender cómo organizar la práctica de guitarra para adultos con poco tiempo libre es vital, pero de nada sirve el orden si la espalda se rinde a los diez minutos.

La búsqueda del asiento perfecto

Después de un mes de ensayos dolorosos, decidí cambiar de estrategia. Dejé la orilla de la cama —que es el peor lugar del mundo para tocar porque es blanda y te hunde la pelvis— y busqué una silla de comedor. La altura estándar de una silla de comedor suele ser de unos 45 cm, lo cual permite que mis pies descansen planos sobre el piso. Esa técnica de 'pie plano' fue un antes y un después. Al estabilizar la pelvis, la zona lumbar encuentra un soporte natural que no tiene cuando estás colgado en un sofá.

Vista lateral de un guitarrista sentado con los pies planos y la espalda alineada.

Sin embargo, pronto descubrí que las sillas con descansabrazos son el enemigo. Chocan con el cuerpo de la guitarra, te obligan a sentarte en la punta y volvemos al problema de la inestabilidad. Busqué la silla más firme y simple de la casa. Al principio me sentía rígido, como un soldado, tratando de mantener la espalda recta contra el respaldo. Pero ahí aprendí algo que nadie te dice en los videos de YouTube: la rigidez es casi tan mala como la joroba.

He llegado a la conclusión de que mantener una postura perfectamente erguida, como si tuvieras una tabla amarrada a la columna, es contraproducente. Esa rigidez bloquea la fluidez del rasgueo. Si el tronco no puede oscilar ni un poquito, el brazo derecho se cansa el doble porque tiene que hacer todo el trabajo del ritmo sin ayuda del peso del cuerpo. Hay un punto medio, una especie de equilibrio relajado, donde la espalda está derecha pero los hombros están caídos, pesados, dejando que la gravedad haga su parte.

El roce de la correa y el alivio en el coro

Una tarde de domingo tras la misa, me quedé unos minutos más en el templo vacío. Estaba probando una correa nueva para ver si tocando de pie la cosa mejoraba. Sentí el roce áspero de la correa de nylon contra mi cuello mientras trato de no encorvarme frente al atril de la iglesia. Es una sensación molesta, pero me sirve de recordatorio: si siento la correa quemando, es que estoy dejando caer el peso de la guitarra hacia adelante en lugar de dejar que repose contra mi pecho.

Detalle de una correa de guitarra apoyada sobre el hombro de un músico.

En el coro, el estrés de no fallar el cambio de acorde te hace tensar músculos que ni sabías que tenías. Pero he empezado a notar algo. Cuando finalmente logro un cambio de acorde limpio, de esos que suenan brillantes y sin zumbidos, siento ese alivio instantáneo en la zona lumbar al soltar la tensión acumulada. Es como si el cuerpo celebrara que por fin la música fluye. A veces, los errores comunes al rasguear la guitarra que afectan el ritmo en alabanzas vienen más de un hombro trabado que de una falta de práctica en la mano derecha.

No soy un profesional, ni pretendo serlo. Solo soy un tipo de cuarenta y tantos que quiere acompañar un canto sin terminar en el fisioterapeuta. He aprendido a aceptar que mi postura nunca será de manual, pero que pequeños ajustes —la silla correcta, los pies bien plantados, dejar de mirar el mástil como si fuera un examen— hacen toda la diferencia. Ahora puedo tocar tres canciones seguidas en la iglesia sin tener que buscar desesperadamente el ungüento para la espalda al terminar. Y eso, para alguien que empezó hace apenas unos meses, ya es una pequeña victoria de domingo.

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